Nadie pensaba, ni siquiera en mi familia, que aguantaría todo el mes de agosto en un pueblo de la sierra a finales de los 60. Tenía 11 años y era la primera vez que salía de mi barrio. Pero aguanté sin rechistar porque en el fondo me encantaba pasar todas las mañanas un ratito en aquella cuadra, haciendo los deberes, con la yegua de pie al fondo y sin quitarnos el ojo de encima

