Ahora que se pone de moda contar que hacías en los veranos de tu juventud, eso es lo que yo principalmente recuerdo: no teníamos nada que hacer pero el caso es que no parábamos de hacer cosas.
En mi caso esos los recuerdos del verano abarcan el final del franquismo y las vacaciones escolares en el instituto iban desde junio a septiembre. ambos inclusive. Cuatro meses enteros sin obligaciones de ningún tipo.
El plan era muy sencillo. A las 9 en punto ya estábamos en la calle y si era posible con el balón debajo del brazo hasta las dos de la tarde en la que sabíamos que había que estar en casa a disfrutar del cocido diario, algo que en mi barrio era todo un lujo en muchos casos.
Por la tarde, sobre las tres y media ya estábamos de vuelta a la calle. Nos daba igual la temperatura que hiciera, era el momento de irnos de caza o a recoger moras por el camino del cementerio. Eso sí, a las seis ya estábamos esperando el bocadillo de chocolate que a mí personalmente era el que más me gustaba.
Había que reponer fuerzas un ratito hasta que fuera bajando la temperatura y el sol y empezara la hora del juego colectivo con nuestras amigas de la calle. Por supuesto casi siempre al escondite y si fuera posible disfrutar de un polo de limón entre medias.
No necesitábamos más. No íbamos de veraneo, solamente al rio los fines de semana o alguna tarde con los padres. Solo recuerdo un viaje en el verano del 73 a la ciudad sindical de Perlora en Asturias que le tocó a mi padre como enlace sindical del textil. Toda una noche en un expreso de pie para ver el mar por primera vez.
Pues a pesar de todo éramos felices y los veíamos todo en technicolor sin darnos cuenta de lo que pasaba a nuestro alrededor. Solo pensábamos en jugar y en aquella chica que nos empezaba a gustar y si esa sensación sería recíproca.

